viernes, 27 de noviembre de 2015

Esto, la vida, es un juego. Déjate caer.

Texto y fotos: Inés Magaña


Larva, animal que se encuentra en la primera etapa del desarrollo posembrionario, justo entre en inicio y la posibilidad, al igual que los artistas circenses, siempre inocentes y atrevidos. Quizá por ello los niños que se encuentren entre el público se atreverán a acercarse al escenario y arremedar a los artistas internacionales que se presentarán en la Gran Gala de Lechugas del FICHO.

Faltan treinta minutos para que comience el espectáculo, un hombre está en la cuerda, arriba muy arriba, su visión del espacio aún vacío es privilegiada, otro hombre, que ha decidido caminar en calzones rojos por el recinto, practica su número con los bastones. Las luces continúan dormidas, los susurros vivos, igual que sus ansias por conocer al público.

Cuerdas, maromas, bamboleos, gracia, “Paty, acomoda la luz” y “ahorita nuestra chamba es que esté limpio”. Claro, antes de que las lechugas y flores comiencen a volar en el aire para impactar en el cuerpo y rostro de los artistas cuando la trompeta de Rigoberto, el floor manager, lo indique al finalizar cada acto. Esto es la Gala de Lechugas y así se interactúa entre los que están dentro y fuera del escenario.

De pronto “ingresa público, todos a camerinos”, unas luces iluminan el escenario, se dirigen a un trío de músicos: cello, piano y un juego de platillos con una especie de instrumentos con forma de caparazón de tortuga. Juntos, la precisión de los seis brazos de los músicos comienza a seducir al público mientras inicia el primer espectáculo. Las voces de los que acaban de acceder al escenario de LARVA pululan en el ambiente antes mudo y los niños ya bailan al ritmo de la música, se alejan de sus padres.

Piano, cello, platillos y el tambor tortuguesco, qué goce para los que escuchan a los músicos; indulgentes a la indiferencia de la mayoría. Ya no quedan asientos disponibles, pero el suelo sirve igual. Rigoberto aparece en escena y pone orden, también diversión “¿cómo están hoy preciosos, están listos?”. Aplausos, muchos, fuertes. A Rigoberto se une Lechuga Manager, quien presenta al elenco internacional con rostros árabes, canadienses, chilenos, brasileños, franceses, mexicanos… 14 países se han unido esta noche.


“Lleve sus lechugas y sus flores”, van diciendo entre el público los vendedores ambulantes. Apagan las luces que iluminan al público, todas se concentran en el escenario, comienza el primer acto: el artista de calzones rojos ahora lleva una máscara, a él se ha unido una mujer, máscara en rostro también, fingen luchar haciendo gestos, sonidos guturales de “aaaaah” y causando risa entre los presentes, la mujer gana y Rigoberto hace sonar su trompeta para que las hortalizas sean lanzadas, pero el público aún es tímido y las lechugas y flores se hacen esperar. El segundo acto compensará la falta de proyectiles, una pareja de enamorados danza dentro y fuera de un aro, hipnotizan con sus movimientos efímeros, ella viste un vaporoso vestido negro, él unos jeans roídos y blusa negra, se acercan y alejan, salen y entran al aro, al fin se abrazan, ¡aplausos y lechugas!



En la Gala de Lechugas el elenco hace de todo, por ello los artistas también fungen de presentadores de los actos, o barren las verduras de regreso a las manos de los espectadores que ya han calentado el brazo y olvidado la timidez. El tercer acto se acerca con el caminar de un músico que, cello en brazos, arrastra una silla detrás de sí, la ha unido con un cordón a su pantalón. Cuando ha llegado al fondo del escenario, se sienta, comienza a cantar sobre una estrella que brilla para todos excepto para él, se enoja, “¿por qué no brilla para mí?”, gesticula al público y le hace reír, después arranca una dulce y añorante melodía a las cuerdas de su instrumento, el público calla, escucha, y olvida el trompetazo de Rigoberto, aunque cuando lo escucha, ovaciona con hortalizas al brasileño.

El siguiente número ha pintado un círculo de luz en el centro del escenario, ahí se encuentra un hombre vestido de negro que no lleva aros, ni bastones, ni instrumentos musicales, ni máscara… sólo su cuerpo y emociones, las cuales transmite con cada movimiento de sus manos, piernas, cuello, tórax. El círculo de luz es su reino, y no sale de éste en ningún momento, tan sólo cuando la música finaliza y el hechizo se rompe, entonces, resuelto y sonriente, se acerca a su público con brazos abiertos a ser ¿lechugado y floreado?


Para continuar con la magia, la mujer del primer acto, aquella que ganara la batalla, se acerca con un hombre que toca la guitarra. Un aro, quizá el de la pareja de enamorados del segundo espectáculo, pende de un hilo. Al aro se dirige la campeona, a una silla el músico. Con las notas de la guitarra inician los contoneos de la artista en un frágil objeto que controla con maestría, la flexibilidad de su cuerpo impacta, también las manos dóciles del guitarrista que marcan el compás del acto. Es visible el dominio de la mujer sobre sus movimientos, sin embargo, disfruta haciendo reír a los niños y presentes, por ello juega a que no sabe lo que hace, que teme caer del aro, juega, de hecho, a ser uno de nosotros si nos encontráramos en su situación. ¡Trompetazo Rigoberto!, ya sabemos qué sucedió después.

Se acerca el intermedio, pero antes, en un último intento de despistarlo, tres artistas marcan su territorio en el escenario. La música en vivo, es un elemento constante, se ve porque uno de ellos lleva una pequeña guitarra con la que desea distraer a los otros dos de una pelea en la que se han enfrascado, pero no funciona, y si no puedes contra ellos: únteles, por ello decide olvidar su instrumento y saco de vestir, para enfrascarse en la lucha que desarrollan en cámara lenta, con claveles y hojas de un libro que han decidido lanzar por el aire, ¿por qué no? Carcajadas, aplausos y se encienden las luces que iluminan a los espectadores.


A desentumir el cuerpo, los sentimientos y comentar los shows al compás del mismo trio que antes de la Gala inundara el ambiente, si es posible, la música es más dulce, quizá emana de todo el cuerpo de los músicos, no solo de sus manos. Están concentrados en su arte, ojos cerrados, ceño fruncido, sonrisa tranquila. Nunca se debe olvidar ver al rostro de los músicos cuando tocan, su entrega es completa, se rinden ante las notas, saben que están seguros.

Quien no está seguro es el siguiente artista. Cuando las luces se dirigen al escenario de nuevo, un hombre comienza a caminar alrededor de un gran pole, gira alrededor de él, en una dirección, en la otra, se aleja, regresa, los sonidos de un tren oxidado alteran las emociones. Su actitud es retadora, toma al mástil en sus manos, sube, sube más, está a más de tres metros de altura… ¡se deja caer!, queda a tres centímetros del suelo, ni siquiera hay una colchoneta que lo proteja. No le importa, ha conquistado al público y está listo para recibir la lluvia de hortalizas, cuando se acerca a los asientos, el público observa sus ojos hipnóticos, tan azules que cerca están del blanco, encuentran el marco perfecto en su tez morena.

Para continuar con la seducción, dos mujeres, dos contorsionistas que unen sus cuerpos hasta hacerlos uno, claman su poder sobre el escenario. La confianza entre ambas es total, lo dicen sus movimientos, sus bailes pausados. Lo primero que hace una es recostarse en el suelo, boca arriba, su compañera coloca su pierna en su frente, camina sobre ella, tranquila y segura de la entrega de la otra. Son frágiles y atléticas como sólo los artistas circenses logran ser, continúan con su número, impactando al público e impactando sus cuerpos. Es uno de los actos que más “wooows” logra sacar de las gargantas presentes. Rigoberto se acerca, da la señal de ataque y las lechugas son proyectadas en el aire, una de las mujeres, la de la derecha con camisa gris, recoge un puñado de flores y verduras y lo mastica juguetona.


En el último acto que presenciaré una cuerda gruesa pende del techo, en ella se colgará un hombre que la hará hondear entre su cuerpo. El sube y baja es constante, se acerca al suelo, se aleja del suelo, viste un suéter gris y jeans del mismo color. En un arranque de seguridad, obtenida en una vida de entrega y práctica, ata alrededor de sus ojos una tela que le vuelva ciego, y sube, ligero, hacia el techo del foro, para atarse y desatarse de la cuerda, pareciera que va a caer, solo su fuerza lo mantiene a flote. Lo único que cae por montones son los aplausos, y el trompetazo, y las lechugas, y las flores, y los silbidos.


El show continúa dentro, yo me alejo hacia la noche, a veces es mejor no tener la memoria de un fin en la mente, la Gala de Lechugas merece permanecer inconclusa, con una eterna posibilidad, igual que una larva. Cuando salgo me topo con el hombre de ojos cuasi blancos, toma una cerveza, me acerco y lo cuestiono sobre las razones que lo han traído desde Jerusalén; ciudad antigua y azotada por la guerra, hasta Guadalajara: “No puedo parar, si lo hiciera me sentiría inútil, mi vida no tendría sentido. He elegido el arte para expresarme, otros, las armas.”, confiesa Fadi Zmorrod.



Todo ha terminado para mí, y las conclusiones de aquella noche son claras. Todos los artistas transmitían el mismo mensaje en la Gala de Lechugas: Esto, la vida, es un juego. Déjate caer.

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