miércoles, 9 de marzo de 2016

Troker hace presencia en el Festival de Cine

Texto y fotos: Nidia Beltrán

Para la inauguración del FICG -edición 31- los organizadores reunieron una cápsula de cultura suiza y mexicana, para presentarla como oda a lo que continuaría por toda la semana siguiente. 

Hubieron entregas de premios a actores que han redefinido la escena cinematográfica mundial, como el Premio Mayahuel al Homenajeado Alfonso Arau.


Entre las proyecciones se presentaron partes de películas clásicas de estos personajes, que se han visto en cine mexicano, suizo, norteamericano, y mundialmente.

La proyección estelar sería Heidi: película suiza que representa ya una gran parte de lo que Suiza ha dado al mundo infantil, con su caricatura que cautivó a generaciones alrededor del globo. Pero como una muestra de lo que Guadalajara también tiene que ofrecer, y lo que podrían estar viendo los invitados, inmersos durante una semana en la Perla Tapatía, el escenario se iluminó con los colores vivos del arte huichol en una estructura de mapping que acogía en su centro a la banda de jazz tapatía: Troker.


Troker es una banda con ya diez años de trayectoria, mezclando géneros que entran en lo electrónico: con tornamesa y sintetizadores, una batería pesada que impulsa el sonido a los rincones más alejados del recinto en que se presente, y un gran toque de jazz, con el saxofón de Tibu Santillanes al frente, con trompeta y contrabajo como guardaespaldas.

Mientras la energía del electro-funky-jazz animaba al público que atendía el Telmex, la bailarina de flamenco Karen Rubio se movía en el escenario. Con una propuesta contemporánea del elegante y sensual baile español, Karen Rubio -nacida también en la Perla de Occidente- golpeaba con fuerza el piso, una fuerza que salía desde sus entrañas para pisar enérgicamente con su tacón. Era otro instrumento, la percusión de sus pies que recorrían el escenario, como buscando las diferentes resonancias del material que cubre el proscenio.

Vestida con una falda ligera, que se levantaba con los giros que hacía Karen Rubio, la expresión de vida, de caos y del mestizaje que caracterizan a la cultura mexicana floreció del capullo que encierra un foro ya emblemático en la ciudad.

Fue una fiesta, en donde se celebró el arte: la interdisciplinariedad de expresiones que ahora son cotidianas; el encuentro gustoso de dos culturas aparentemente alejadas, polarizadas. Una celebración de un festival que lleva 31 años apostando por las propuestas independientes, y por una industria monstruosa que busca generar catarsis a lo ancho del mundo en las personas: sin importar razas, colores o nacionalidades.


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